Era de Michigan, nacido en Copper Country, el lugar de nieve y de preciado cobre que había atraído históricamente a muy distintas oleadas de europeos por razones mineras.
Octave Du Temple, era director muchos años antes de yo conocerle de la Sociedad Nuclear Americana (designado en 1958), la prestigiosa organización con miles de miembros y con asociación a otras supuestas semejantes en el mundo y a ramas como la de la Asociación de América Latina.
Creo que pocas personas han descrito mejor el carácter de Octave como Dr. Gail Marcus, quien, al igual que su marido, empezaron a referirse a él como “oncle”, el tío Octave.
Pues es exactamente lo que empezó a ser para mí. Ya en la confianza, como un familiar, era un poco socarrón de buen cuño. Afectuoso y protector. Le conocía desde España, pero solamente por las publicaciones de la American Nuclear Society y por las notificaciones de sus encuentros internacionales y en Estados Unidos. Pero si el embajador Jova fue para mí un perfecto “insider” en Washington DC tras sus destinos diplomáticos en el mundo, Octave era un frecuente visitante en la ciudad. No menos viajado, entre otros lugares a Japón y China, en donde tenía amigos y amistades muy variadas en ese mundo de la energía nuclear de uso pacífico, que es de lo que él trataba en sus conferencias. Principalmente para la producción de energía eléctrica.
Me fue presentando a todo el mundo porque supo cómo con la correspondiente protección radiológica cercana y seguridad había yo tenido, entre otras, la responsabilidad civil de un transporte nuclear irradiado de 70 toneladas por carreteras españolas y francesas durante un quinquenio. Cuando le conocí estaba con mi tesis doctoral sobre ese tema y los medios de comunicación, pero profundizando, asimismo, en las controvertidas relaciones con la Ecología.
Octave Octave era de Michigan, nacido en Copper Country, el lugar de nieve y de preciado cobre que había atraído históricamente a muy distintas oleadas de europeos por razones mineras. Aparte de su trabajo, lo que verdaderamente le gustaba era viajar, ver paisajes rotundos y sublimes, estudiar las culturas y tratar, si es posible, con nativos primitivos. Mucho me consta.
Sí, aparte de las reuniones o talleres profesionales (“workshops”) en las secciones de ANS, viajé con él en muy diferentes ocasiones o también excepcionalmente con el presidente o presidenta (Mr. Ohanian, Dra. Gail du Plank ) o alguna de sus colaboradoras,a impresionantes escenarios como el Gran Cañón o el Machu Pichu con él. Inolvidable lección espontánea de Geología y de “presencia” española frente al río Colorado, por ejemplo.
Nunca se me ocurrió inquirir sobre sus orígenes, la verdad. Hablaba muy bien español, entre otras cosas, y era muy social y amistoso. El año en que yo nací ya había recibido su título universitario en Ingeniería Mecánica por el Tecnológico de Michigan, en donde pronto consiguió también el PhD de Químico Honorario. Había trabajado en el Laboratorio Nacional Argonne dependiente del Departamento de Energía y posteriormente también se graduó en Business en la Northwestern University.
Alguna vez se refirió a su tiempo durante la II Guerra Mundial. En su servicio militar estuvo enseñando a volar aviones, juraría que en algún lugar de Hispanoamérica, me lo comentó, pero no lo recuerdo bien, la verdad.Independientemente de que me facilitara conocer a los grandes P.R. de General Electric, J. Wallis y otros, con Octave lo pasé bien porque, fuese en Arizona o en Perú, tras las sesiones formales, encontrábamos un día por lo menos para dedicarlo a la cultura.
En México, en donde era bien considerado, tratamos con el Dr. Eibenschutz Hartman y, ya por libre, le facilitaron un avión del hangar presidencial y me dijo que cuál era el destino de mi preferencia. Como no pude estar en la inauguración del Museo de los Quijotes de Eulalio Ferrer, le dije que Guanajuato. Y a León fuimos juntos y le encantó la idea. Vimos la colección y la ciudad de las fiestas cervantinas.
Casi siempre que venía a Washington DC me llamaba y nos encontrábamos, incluso iba con él a alguna de las fiestas en embajadas, como la de Francia. En cierta ocasión coincidió una estancia de Federico del Pozo, mi director de buen recuerdo en Nuclenor, S.A., y tuve el agrado de presentarles pues, como es natural, ya sabían el uno del otro y fue una grata ocasión de trato directo.
En fin, la relación amistosa con Octave Du Temple nunca se limitó a lo profesional. Aunque no pude ir, me habló de su hijo, de su pasión por los árboles, que hacía crecer en su finca en las afueras de Chicago y vendía por Navidad.Mi evocación es, por tanto, la de un hombre sencillo que, aparte de sus relaciones gubernamentales y con la industria, de su trato con el “establishment” nuclear japonés y desde 1983 con China, era, entre otras cosas, miembro de la Academia Internacional de Energía, Honorario del Instituto Nuclear de Ingenieros de Londres, ex Secretario del Consejo Nuclear del Pacífico y honorario de la Sociedad Nuclear China.
Para mí, sin embargo -que disfruté de su confianza y compañía-, era una especie de tío. Que, aunque Medalla de Plata, MedallaMelvin Calvin, Award, y presidente del Club y laSociedad McNair, lo que hacía era ponerse informalmente una gorra de la National Geographic, echarse la cámara al hombro e ir conmigo a ver rotundos paisajes imponentes. Y a “negociar” con los indios alguna pieza para el Museo de la Universidad de Michigan.
Murió Octave el 7 de Marzo del 2010. Lo sentí enormemente.



