«Esto no tenía por qué ocurrir», ha dicho esta mañana el presidente Barack Obama, que acusa a la facción más conservadora del Partido Republicano de poner en jaque el gobierno y la economía por motivos ideológicos.
Estados Unidos ha amanecido hoy con parte de su administración federal cerrada. La falta de un acuerdo en el Congreso sobre el presupuesto para las próximas semanas ha dejado a 800.000 empleados públicos sin trabajo. Aunque los efectos sobre la economía son escasos de momento, y el cierre gubernamental sólo es visible en la capital, Washington, las bajas forzosas y sin sueldo y el bloqueo legislativo prolongado pueden lastrar el crecimiento económico y dañar la credibilidad de la primera potencia.
«Esto no tenía por qué ocurrir», ha dicho esta mañana el presidente Barack Obama, que acusa a la facción más conservadora del Partido Republicano de poner en jaque el gobierno y la economía por motivos ideológicos. «Cuanto más se alargue el cierre, peor serán los efectos», añadió. «Urjo a los republicanos a reabrir el gobierno». «Han cerrado el gobierno por unacruzada ideológicapara denegar seguro médico asequible a millones de estadounidenses», acusó Obama a la oposición republicana.
No es la primera vez que la administración cierra porque el Congreso rehúse abrir el grifo presupuestario. Desde 1977 ha ocurrido 17 veces, aunque en la mayoría de casos la medida no ha durado más de tres días. El cierre más largo se alargó entre finales de 1995 y principios de 1996, cuando el demócrata Bill Clinton era presidente y el explosivo Newt Gringrich lideraba la oposición republicana en la Cámara de Representantes.
El cierre parcial del gobierno tiene un efecto importante para los directamente afectados, pero, como se demostró ayer en Nueva York, de poca consideración, casi anecdótica, para la otros, la gran mayoría del país.
Por ejemplo, los científicos que investigan con fondos de la NASA se tuvieron que quedar este martes en casa. Sus laboratorios están cerrados y a ellos los han enviado a unas vacaciones no deseadas –aunque el día era magnífico para darse un paseo por Central Park–, entre otras razones porque no saben si cobrarán la nómina. Los más optimistas recuerdan que lo mismo pasó en 1996 y que, al regresar al trabajo, les pagaron con efecto retroactivo. Como si nada hubiera pasado. En eso confían.
Sin embargo, los neoyorquinos se pusieron en macha como cualquier otro día. La vida sigue igual, que dice el estribillo. Los metros iban a tope, las colas frente a los carros de café eran como las de cualquier otra jornada, la gente corría por llegar a la oficina y los niños entraban al colegio como hicieron el lunes o el martes de la pasada semana.
En Washington es distinto. Allí viven centenares de miles de funcionarios públicos que hoy no han acudido a trabajar o sólo han pasado por sus oficinas para recoger sus pertenencias. No saben cuando regresarán. Dependen de un acuerdo en el Congreso, donde la mayoría republicana en la Cámara de Representantes veta el presupuesto a menos que se aplace la controvertida reforma sanitaria, uno de los principales logros de Obama.
A media mañana el cierre de la administración era poco visible en las calles y el metro de la capital federal, donde el tráfico sólo es un poco menor de lo habitual. Los turistas no podían acceder a los museos públicos, los monumentos ni el zoo. Entre otros ministerios y agencias afectadas, las bajas forzosas impedirán trabajar 400.000 empleados civiles del Pentágono y a un 97% de los empleados de la NASA.
No todas las oficinas del Gobierno federal, que tiene unos dos millones de empleados, han cerrado. Quedan exentos los servicios considerados “esenciales”, como los que afectan a la seguridad nacional y la salud pública. Los servicios de correos y la Reserva Federal –el banco central– permanecerán abiertos.
Poco antes de la medianoche, cuando empezaba el año fiscal y oficialmente cerraba el gobierno, el presidente firmó una ley que permitirá que el 1,4 millón de miembros activos de las fuerzas armadas siga cobrando. Los jubilados recibirán sus pensiones y accediendo al sistema de sanidad pública para mayores de 65 años. De los más de dos mil empleados de la Oficina Ejecutiva del Presidente, que trabajan en la Casa Blanca y otros edificios, 436 trabajarán y 1.700 se quedaran en casa.
Una de las ironías del bloqueo en el Congreso es que los republicanos no han logrado su objetivo, que era detener la reforma sanitaria. Una de las piezas centrales de la reforma –la creación de una web en la que los norteamericanos podrán elegir el seguro sanitario que más les convenga– entre en vigor hoy.
En Nueva York el cierre obligó a los turistas a cambiar de planes. Todo estaba abierto en la ciudad. Los visitantes no tuvieron problema alguno por entrar al Metropolitan Museum o al MoMa, por disfrutar de tantas maravillas allí congregadas. No ocurrió lo mismo con los que tenían en su agenda la visita a la Estatua de la Libertad. La pudieron ver de lejos o rodearla en barco, pero se quedaron con las ganas de visitar y meterse dentro de su casa de acero porque ese territorio es un parque nacional y está bajo legislación federal.
El parque urbano más visitado de Estados Unidos está cerrado, y está vez no es ni por renovación ni por el efecto de un huracán. Es por una razón de desacuerdo político, lo que hizo que los frustrados interesados en pisar el parque urbano más frecuentado de Estados Unidos se sintieran mucho más decepcionados y enojados. Los que habían reservado para subir hasta la corona de la gran señora perdieron su oportunidad. Aunque abrieran este miércoles, cosa que en estos momentos parece más que remota, ya habrán perdido su tanda, que la lista de espera es larga.
No demasiado lejos del embarcadero, a distancia de paseo, el distrito financiero congregaba a los turistas. En Wall Street no se detectaba a esa hora una sensación de temor. El Dow Jones iba al alza.
El cierre es resultado de un pulso presupuestario entre el Partido Republicano, mayoritario en la Cámara de Representantes, y el Partido Demócrata de Obama, mayoritario en el Senado. Los republicanos, bajo presión del ala populista afín al Tea Party, condicionaron a aprobación del presupuesto –habitualmente un trámite– al aplazamiento de la reforma sanitaria, uno de los principales logros legislativos en Obama en su primer mandato.
Durante todo el lunes, la Cámara de Representantes y el Senado se enviaron, como en una partido de ping-pong, sus respectivas versiones de la ley, que sucesivamente eran enmendadas por la otra cámara. En paralelo a esta coreografía estéril no se produjo ninguna negociación.
Pocos en el campo republicano estaban dispuestos a desafiar a los legisladores de ala derecha. Estos ven en el presupuesto una ocasión para herir de muerte una ley sanitaria que consideran un paso irreversible hacia le socialismo. Obama dejó claro desde hace semanas que el presupuesto para dejar abierta la Administración federal era innegociable y que supeditarlo a acabar con la ley de salud representaba una forma “extorsión”.
CIERRE PARCIAL DE LAS OFICINAS DEL GOBIERNO
La Administración federal de Estados Unidos ha cerrado parcialmente sus puertas pasada la medianoche del martes –seis de la mañana, hora peninsular– por primer vez desde 1996. La falta de acuerdo en el Congreso sobre un presupuesto para mantener en funcionamiento el gobierno de la primera potencia mundial dejará de forma indefinida en sus casas, y sin salario, a centenares de miles de empleados públicos.
La medida es resultado de un pulso presupuestario entre el Partido Republicano, mayoritario en la Cámara de Representantes, y el Partido Demócrata del presidente Barack Obama, mayoritario en el Senado. Los republicanos, bajo presión del ala populista afín al Tea Party, condicionaron a aprobación del presupuesto –habitualmente un trámite– al aplazamiento de la reforma sanitaria, uno de los principales logros legislativos en Obama en su primer mandato.
Durante todo el lunes, la Cámara de Representantes y el Senado se enviaron, como en una partido de ping-pong, sus respectivas versiones de la ley, que sucesivamente eran enmendadas por la otra cámara. En paralelo a esta coreografía estéril no se produjo ninguna negociación.
Pocos en el campo republicano estaban dispuestos a desafiar a los legisladores de ala derecha. Estos ven en el presupuesto una ocasión para herir de muerte una ley sanitaria que consideran un paso irreversible hacia le socialismo. Obama dejó claro desde hace semanas que el presupuesto para dejar abierta la Administración federal era innegociable y que supeditarlo a acabar con la ley de salud representaba una forma “extorsión”.
En un mensaje a la prensa horas antes de la hora límite –el 1 de octubre, inicio del año fiscal en EE.UU.–, Obama lamentó que una facción extrema de un partido en una de las dos cámaras cerrase la Administración. También recordó que el Gobierno federal es la primera empresa del país en número de empleados y que el cierre perjudicará a personas de carne y hueso y tendrá consecuencias en la economía real.
“Anteriores cierres perturbaron la economía de forma significativa. Este lo haría también”, dijo Obama, hablando todavía en condicional porque decía esperar un acuerdo en el último minuto. El cierre, añadió, “trabaría el engranaje de nuestra economía en un momento en que engranajes se han puesto en marcha”. Obama acusa a la derecha de poner en peligro la economía de EE.UU. –y por extensión, mundial– con el único objetivo de socavarle a él y a su reforma sanitaria.
El presidente de la Cámara de Representantes, el líder republicano John Boehner, comunicó a los legisladores que había hablado con el presidente pero que su mensaje era inequívoco: “No negociaré. No negociaré». Aunque el plazo oficial haya vencido, en las próximas horas las dos cámaras del Congreso todavía pueden buscar un acuerdo.
En un sistema como el de EE.UU., el Gobierno federal depende para su funcionamiento de que cada año el Congreso apruebe los fondos para financiarlo. Cuando no hay acuerdo, como ocurre ahora, una buena parte del gobierno debe cerrar sus puertas.
El llamado cierre del gobierno no significa que toda la actividad del estado federal se detenga. Quedan exentos los servicios considerados “esenciales”, como los que afectan a la seguridad nacional y la salud pública. Los servicios de correos y la Reserva Federal –el banco central– permanecerán abiertos. Hace unas horas Obama ha firmado una ley que permitirá que el 1,4 millón de miembros activos de las fuerzas armadas siga cobrando. Los jubilados recibirán sus pensiones y accediendo al sistema de sanidad pública para mayores de 65 años.
De los más de dos mil empleados de la Oficina Ejecutiva del Presidente, que trabajan en la Casa Blanca y otros edificios, 436 trabajarán y 1.700 se quedaran en casa.
Una de las ironías del bloqueo en el Congreso es que los republicanos no han logrado su objetivo, que era detener la reforma sanitaria. Una de las piezas centrales de la reforma –la creación de una web en la que los norteamericanos podrán elegir el seguro sanitario que más les convenga– entre en vigor hoy.
Los ciudadanos notarán el cierre del gobierno porque cerrarán las puertas los parques nacionales y los museos federales. Entre otros ministerios y agencias afectadas, las bajas forzosas impedirán trabajar 400.000 empleados civiles del Pentágono y a un 97% de los empleados de la NASA.
Obama recordó que también se verán afectados“servicios vitales para las personas mayores y los veteranos, las mujeres y los niños”. “Propietarios de empresas sufrirán retrasos a la hora de obtener capital, permisos para sus infraestructuras, o reconstruir después del huracán Sandy”, añadió. “Veteranos que se sacrificaron para su país descubrirán que en los centros donde encuentran apoyo hay poco personal”.
Los efectos en la economía de EE.UU. dependerán de cuanto dure el cierre del gobierno. Un cierre corto apenas se notará; si se prolonga podría socavar la confianza y lastrar la recuperación. El drama del lunes, en realidad, no es más que un prolegómeno de otro más grave, programado para el 17 de octubre. Ese día, está previsto que EE.UU. llegue su techo legal de deuda, un mecanismo que obliga al gobierno a pedir permiso al Congreso para seguir endeudándose y pagar sus facturas. Si los republicanos no aceptan elevar el techo de la deuda –como amenazan con hacer si no obtienen concesiones sobre la reforma sanitaria–, la primera potencia no podrá afrontar sus obligaciones financieras. Sería una situación insólita, con consecuencias imprevisibles para las economías norteamericana y mundial.
Estados Unidos se italianiza. La debilidad del Barack Obama, la polarización del Congreso y el empeño del ala populista del Partido Republicano en dinamitar la agenda del presidente demócrata proyectan la imagen de un país ingobernable. El desgobierno en Washington se explica en parte por el auge de una facción conservadora que coloca la ideología por encima de la voluntad de consenso, y que a su vez se ve sometida a la presión de unos votantes que exigen a sus congresistas fidelidad a los principios. Para ellos no hay margen para el acuerdo en cuestiones como la ley sanitaria. En realidad es una reforma moderada que preserva el control privado en el sistema sanitario y descarta la cobertura universal pública de la mayoría de países industrializados.
El desgobierno también se explica por causas históricas. Los fundadores no querían un presidente-rey, por lo que diseñaron un gobierno dividido con contrapesos al poder ejecutivo. Cuando el Congreso está en manos de la oposición, y esta es correosa como la actual, legislar resulta difícil. Sucede desde el 2011, cuando los republicanos, impulsados por el Tea Party, recuperaron la Cámara de Representantes. Desde entonces Obama no ha aprobado ninguna de sus iniciativas prioritaria y el país ha saltado de crisis fiscal en crisis fiscal.


