Poseo algunos dibujos que me dio en distintas ocasiones: su retrato, otro juvenil y uno mío que me hizo por sorpresa.
El cántabro Luis Corona Cabello (Santander, 1897) tardó en escribir «Isla del hombre» -que me dedicó en mayo de 1985- desde 1920 al 41 en la ciudad nativa de Santander hasta el periodo de 1941 al 66 en Madrid, y de 1966 a 1984 en Bilbao.
Repito un texto publicado hace tiempo en Facebook. Abajo a la izquierda, la portada de su obra, «ensayo personal de una vida a remo mar adentro del sobreser…».
Dedica Corona fraternalmente la obra a sus hermanas Emilia que le acogió en Madrid, a Esperanza que le apoyó en Bilbao, a Marina y a Fernando y a Jesús. Por algo menciona también el «escudo introductorio» de Goethe, Amiel y Unamuno…
Poseo algunos dibujos que me dio en distintas ocasiones: su retrato, otro juvenil y uno mío que me hizo por sorpresa.
Y otros más de desnudos, e incluso alguno más todavía que también me regaló este gran amigo de Pío Muriedas. Dibujaba muy bien.
En los años 20 había colaborado Corona con Orestes Cendrero y con Miguel Artigas copiando dibujos para las obras del primero sobre Fisiología e Historia Natural.
Luis Corona también escribió y editó en 1974 «Biografía intima del poeta del mar» en torno a los «Últimos maretazos» del poeta comillano Jesús Cancio (1885-1961), quien salió casi ciego de la prisión franquista en 1961 y se considera, junto a José del Río Sainz, «Pick», uno de nuestros grandes cantores del mar.
La obra de Luis Corona es un curioso ejemplo de pensamiento bondadoso y de original fusión del pensamiento socialista y el evangélico. De exaltación estética y de valoración de la amistad.De Cancio dice en un poema de su «Cancionero de Cantabria»(Torrelavega, 2006) Julio Sanz Sáiz: «yo vi tu amarga tristeza/en su pleamar más intima:/nocturnos no interrumpidos/por tu carne dolorida/y un sueño gigante y puro/por el mar de tus fatigas/marcaban la singladura/de tus cuadernas vencidas».
Empecé a tratar a Luis en sus vacaciones en Santander durante los veranos santanderinos junto a Pío Muriedas, a veces con el caricaturista Maleras y el pintor Antonio Quiros, entre otros pocos, en la Cafetería “Frypsia” que regentaba Pepe Mantecón. Más adelante, ya consolidada nuestra amistad, también en Bilbao cuando iba por razones de mi trabajo o por ocio. Luis, que era soltero, venía siempre desde la calle Doctor Areilza. Y comíamos juntos, tomábamos café o paseábamos y hablábamos de poesía y arte. A su bondad y a cierta bienintencionada gran ingenuidad, unía inteligencia, sensibilidad y conocimientos artísticos profundos. Tengo un gran recuerdo suyo y de sus afectuosas cartas y detalles.


