María Moliner organizó la primera biblioteca móvil de España. Fue durante la guerra civil, en zona republicana, para atender tanto a soldados hospitalizados como en el frente.
María Molinerorganizó la primera biblioteca móvil de España. Fue durante la guerra civil, en zona republicana, para atender tanto a soldados hospitalizados como en el frente. Cuarenta años después, el tardofranquismo reanudaría la andadura del bibliobús. Si usted supera la cincuentena, tal vez este figure entre sus recuerdos de infancia.
La relación que los lectores establecen con el personal de las bibliotecas móviles es más cercana que con el de las bibliotecas permanentes. Son lazos que -sin llegar a la amistad- rebasan la cordialidad propia de “conocidos” y, por supuesto, la mera relación usuario-provisor. Muchos usuarios del bibliobús son personas mayores que atenúan su soledad con libros y revistas. También niños y niñas, para quienes la llegada del bibliobús a la plaza del pueblo o al cole, supone siempre una alegría. Las bibliotecas móviles cooperan con las actividades curriculares de los centros escolares y también les ofrecen actividades extras (cuentacuentos, teatro infantil y juvenil). Paralelamente, atienden las necesidades de lectura de asociaciones culturales y vecinales, centros de menores y residencias de ancianos. Más allá del servicio de préstamo, organizan concursos, talleres, encuentros con autores y clubs de lectura que reúnen a los vecinos en torno a los libros. Mantienen contacto ininterrumpido con los usuarios mediante redes sociales (Facebook, principalmente) por la comunicación bidireccional que posibilitan. En ellas, estos y su entorno asumen un rol protagónico con la difusión de informaciones de la zona. Aunque el bibliobús constituye un vector activo de dinamización sociocultural, su utilidad para frenar la despoblación continúa infradimensionada. Por eso, ante el lemaMás comprometidos que nunca, planteo que la pelota no se halla en el tejado del bibliobús, sino en la de los poderes públicos que deberían mimarlo ¿Entiende ahora mi estupefacción y mis ojos de lechuza?
La flota actual de bibliotecas rodantes no es particularmente nutrida. Según el directorio web de bibliotecas españolas del Ministerio de Cultura, el montante es de setenta y cinco (lo que obliga a espaciar la visitas a tres semanas, cuando lo indicado es una periodicidad quincenal o semanal) y el de usuarios, once millones de personas, o sea, el 25% de las personas atendidas en bibliotecas públicas. ¿A que es un servicio bien aprovechado? Y no es siquiera un recurso caro. De hecho, supone un ahorro presupuestario notable, ya que el bibliobús suple el coste de bibliotecas fijas que los municipios con menos de 3000 habitantes -exentos por ley de la obligación de tener biblioteca- no pueden permitirse sostener. Eso sí, el fondo del bibliobús precisa de una reposición más frecuente de ejemplares, pues sufren mayor desgaste debido al transporte. Además de libros y revistas, transportan documentos audiovisuales y videojuegos. Y ahora también gel hidroalcohólico y mascarillas porque nuestras bibliotecas móviles, tan pronto finalizaron las semanas de confinamiento, volvieron a echarse a las carreteras al encuentro de sus lectores. Se añoraban mutuamente.
Gracias por tanto, bibliobús.


