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José Ramón Saiz destaca ante 200 personas las «grandes dotes» de Paz Herrera como escritora

Por Redacción
27 de diciembre de 2013
en Hemeroteca

José Ramón Saiz pidió animar a la autora a seguir escribiendo y nada mejor para ello que leer su libro. Tiene grandes dotes, inteligencia, excelente pluma, bonito lenguaje y expresión, todo lo que adorna a una buena escritora.
Alrededor de 200 personas respaldaron la presentación, en Torrelavega, del primer libro de Paz Herrera Jubete, editado por Librucos, de Ramón Villegas, acto cultural que se celebró en el salón de actos del centro cultural Mauro Muriedas. El escritor y miembro de la Real Academia de la Historia, José Ramón Saiz, fue el encargado de presentar la obra en la que se conjugan por la autora recuerdos de su abuela y otros relatos que han logrado el primer premio en diversos certámenes literarios. El acto quedó abierto tras la intervención del editor, que dio paso a José Ramón Saiz, que al final del acto procedió a la lectura de dos capítulos de la obra, logrando especial significación el referido al panadero de Quijas al encontrarse en el salón una de sus hijas. Por su parte, Paz Herrera después de algunas reflexiones sobre su obra, contestó a preguntas de los asistentes.
INTERVENCIÓN DE JOSÉ RAMÓN SAIZ.
El doctor en Periodismo, José Ramón Saiz, procedió a la presentación de la autora y su obra con esta intervención:
Dejó dicho conocido filósofo que la falsa modestia es la vanidad de los tontos, y les confieso, por ello que, aún muy lejos de todo afán de notoriedad o protagonismo, el encargo de presentar el primer libro de PAZ HERRERA JUBETE me satisface y halaga y me esforzaré en hacer honor al mismo, no obstante la dificultad que siempre conlleva.
En todo caso, si asumo el riesgo de la escritura y lectura de estos folios, quizá pueda tomarme la libertad de rogarles la contrapartida de su paciencia. Dicho lo que han escuchado, de alguna forma había que comenzar, se me antoja que es muy buena cosa la de que hoy y ahora estén ustedes aquí, y, siendo mucho, no solo por los méritos de la autora y el indudable interés del libro que presenta. Es bueno el que estén aquí, también, porque como asegura el sabio adagio chino, el saber que no se aumenta todos los días, disminuye cada mañana.
Pues bien, después de la lectura de este libro de Paz Herrera, puedo asegurarles – muy honestamente- que luego de que ustedes también lo lean, sabrán mucho más de ella, su familia y, sobre todo, de su abuela María, la madre de su padre Pedro, aquí presente, que es protagonista de los primeros retazos de su obra. Aunque autora de relatos premiados por su rigor y belleza literarias, pero no publicados, es honra de Paz comenzar su recorrido de escritora con un libro en el que mira a sus orígenes y, en especial, la vista puesta en sus antepasados.
Sin duda, es buena gente –en sentimientos, afectos y calidad personal- la que cultiva el amor a la familia y, como en este caso, la admiración y el cariño por los abuelos, -en el caso de Paz su abuela María, que como escribe su nieta “vino al mundo con más nombres –MARÍA DE LA PAZ JULIANA GÓMEZ DE TAGLE E INGUANZO- que posibles”, que llegó a los 90 con la cabeza en su sitio y la memoria bien fresca, que seguro permitió a Paz tomar algunos de sus recuerdos para las páginas de este libro.
De su abuelo Ángel, nada puede decirnos como no sea su boda en 1931 con María, su aspiración compartida de tener hijos formados y con mejor porvenir y el ideal republicano por el que murió -muerte injusta, como la de tantos otros abuelos, en esas guerra inciviles- , formando parte de una generación de personas que se enfrentaron a todo aquello de lo que nosotros, por su sacrificio, nos hemos librado:
SUFRIERON EL HAMBRE y la ignorancia, la guerra y la muerte, la tragedia del ajuste de cuentas, el racionamiento y la intolerancia, en fin, supieron trabajar la tierra a base de manos encallecidas, de sol a sol o de helada a helada, sabiendo que así sobrevivían los suyos, pero sobre todo que con su sacrificio -ejemplar para tantos de nosotros- nos estaban ofreciendo un futuro menos injusto del presente que ellos conocieron, vivieron y, reitero, reiteramos, sufrieron.
Paz con su obra se proyecta fiel a línea de conducta que hoy no se practica con la diaria preciosa constancia, y por ello en su quehacer de escribidora no solo nos recupera historias del ayer que de niña escuchó de las confidencias de su abuela, sino también, contribuye a nuestra mejor formación a través de escribir con sencillez, con esa herramienta de la palabra que entendemos por ser fácil en su comprensión. Y así, en los capítulos de su obra construida con recuerdo y amor a vínculos tan queridos, sabemos de dónde viene, que es como saber donde se está y a qué lugar se quiere ir, al poner frecuentemente la mirada en el espejo retrovisor.
La lectura del libro de Paz nos lleva a la página 35 para reencontrarnos con el viejo habla montañesa que la autora escuchó a su abuela y que escribe a la perfección; sin duda, el maestro Antonio Bartolomé, ejemplo de periodista costumbrista y montañés, quedaría satisfecho de tan fidedigna reproducción.
No puedo por menosque evocar su nombre –el de Antonio Bartolomé- y su obraeditada por la Universidad de Cantabria sobre Aforismos, giros y decires del Habla Montañesa, autor que fue en Alerta de una sección semanal titulada Las cosas de la Tía Josefuca, la única que en nuestro antiguo habla se ha publicado en la prensa de la segunda mitad del siglo XX, un reto que ya habían asumido otros escritores, especialmente Juan González Campuzano, que firmaba sus trabajos con el nombre de Juan de Sierra Pando y que en su homenaje evoco en este acto y sobre el que esta misma editorial –Librucos, de Ramón Villegas-
Maria la abuela de Paz, la madre de Antonino, el director delCoro Ronda Besaya, tenía algo en común con Antonio Bartolomé. Eran propietarios de un pollino -el de María se llamaba Lucero- y no recuerdo el de Antonio, que para más afinidad también nació en una familia en la que su padre era minero y durante tiempo vivió en Reocín. Lucero sabía cuando era jueves y tenía que llevar a su dueña, María, sin parar, hasta el mercado de los jueves en Torrelavega; el de Bartolomé, cada vez que le preparaba para acudir a la ciudad, cogía carrera y no paraba hasta la Viuda de Eulogio Sánchez donde se abastecía la familia de sus necesidades.
Por su parte, el borrico de Tía Josefuca, se llamaba Lirio, un burro dócil, pacifico y tranquilo que se sabía de memoria el recorrido que debía hacer por la ciudad, itinerario repetido todos los jueves. Lucero, el de doña María, Lirio el imaginario de la Tía Josefucay quizás el jumento que de niño Bartolomé trató y dispuso para bajar a la ciudad, eran menos burros que algunos humanos.
Eran listos estos animales hoy protegidos, pero no del todo, ya que por estas fechas alguna que otra cena ilegal se celebra a costa de una raza de fieles y sacrificados animales. Paz nos relata precisamente como Lucero llegaba hasta los escenarios de nuestros mercados, que probablemente recorriera todos comenzando por la Plaza de losChones, para acudir a la de los Granos y, finalmente, a la Plaza Mayor.
Según la narración que se publicaba semanalmente en Alerta, la Tía Josefuca bajaba todos los jueves desde el pueblo imaginario de Fresnea, en Reocín, hasta Torrelavega, a su mercado semanal, que entonces se celebraba todos los jueves en las plazas más concurridas de la ciudad.
Fundamentado su quehacer en la vieja ciencia mercantilista del “trueque”, Tía Josefuca bajaba al mercado huevos, hortalizas y algún que otro “pollo tomatero” para una vez vendidos adquirir con su fruto las mercancías que se precisaban en su hogar de Fresnea. Es lo mismo que hacía doña María, como evoca su nieta Paz.
Evocando la recordada Tía Josefuca y a su autor, nos damos cuenta del nivel de desprotección en el que se encuentra el viejo habla montañesa, arrinconado por una política cultural oficial que no es cuestión definir en este acto, aunque nos diga el escaso o nulo apoyo que encuentran nuestras tradiciones que representan el alma de Cantabriay la razón de su existencia.
Aunque solo sea a efectos literarios –y aprovecho la ocasión que me ofrece el libro que presentamos- bueno sería detener el abandono del viejo habla montañesa y conseguir que se proteja por los poderes públicos a efectos de investigación y de defensa de lo que realmente es: un patrimonio cultural. Maneras de hablar que existen en Liébana, Campo, el Nansa y las villas pasiegas, que van siendo arrinconadas y que, sin embargo, a través de sus expresiones, giros y decires, reconocíamosa nuestros antepasados. En fin, algo mucho que se abandona en un penoso camino en cuyo final es posible que nosotros mismos no nos reconozcamos como cántabros.
Paso, finalmente, a agotar el tiempo que tengo concedido. En la página 43, antes de entrar en otros relatos con los que la autora alcanzó varios premios literarios, Paz nos recrea algo común de aquellos años de necesidad como eran los motes y nos narra en unas apretadas líneas el caso en la escuela del pueblo en la que sin querer o queriendo se descubrieron el pistola y el caimán. El maestro no pudo evitar una sonrisa.
Tiene el relato mejor final que el que yo recuerdo de mi vieja escuela de Cartes, cuando nuestro maestro Demetrio Alonso pidió voluntarios para desvelar la identidad de los Reyes Católicos. Con cargada malicia soplamos a unos compañeros de pupitre –carcomidos y entintados- la respuesta: Melchor, Gaspar y Baltasar. Cuando el maestro escuchó asombrado la respuesta, dejó airado caer su regla sobre tan inocentes compañeros. Así se las jugábamos a nuestros amigos y compañeros, cuando precisamente la urbanidad era una especie de asignatura que nos inculcaba el mayor de los respetos hacia nuestros mayores.
Amigas y amigos.
Os recomiendo leer este libruco para que penetréis en el interior de los sentimientos de Paz tan vinculados a su abuela, la misma que se esforzó en buscar lo mejor para los suyos dejando vida para tan hermoso fin, elemento tan definidor de aquellas abuelas que todos hemos tenido, querido y a las que tanto tenemos que agradecer.
Estoy seguro que doña María, la abuela de Paz, la bisabuela de las niñas de su hermana Ana y Manu Haro –hijo de otro Carbajales-, allá donde esté se sentirá compensada al afirmar:
-¡Que listuca m´ha salío mi nieta!”.
Señoras y Señores.
Animen, animemos a Paz a seguir escribiendo y nada mejor para ello que leer y sentir este libro que hoy se presenta. Tiene dotes, inteligencia, excelente pluma, bonito lenguaje, excelente expresión, todo lo mejor que adorna a una buena escritora. La nieta de aquella viuda, MARÍA DE LA PAZ JULIANA GÓMEZ DE TAGLE E INGUANZO, nombre de altura para altos ideales aunque fueran pocos los posibles, que lo es Paz Herrera Jubete.
Muchas Gracias.

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