Quede constancia de nuestro reconocimiento a quienes ya no están y a todos aquellos que con su coraje y dignidad nos han puesto de nuevo en pie.
Cuando los muertos por coronavirus en Cantabria se mantienen en 209 desde hace casi diez días, parece el momento de recordar a todos los fallecidos que en España superan los veintisiete mil y son casi cuatrocientas mil las víctimas en el mundo. En este sentido, tenemos que reconocer que sin previo aviso y con una crueldad indescriptible, el destino nos ha puesto a prueba con un virus mortífero en este primer semestre de 2020.
Son miles los españoles fallecidos por culpa de un virus traicionero que ha alterado profundamente nuestras vidas cuando creíamos estar a salvo de pandemias como las que golpearon a Europa hace siglos. Encabezamos este recuerdo con la imagen dePepeGómez Zubieta, presidente de laCasa de Cantabria en Pamplona,uno de los primeros amigos fallecidos –bueno, generoso y emprendedor- que tanta solidaridad generó como tanto ha sido el dolor por todos nuestros muertos.
En homenaje de tantos fallecidos, tenemos que señalar en homenaje a su memoria, que vamos camino de recuperar la normalidad, dispuestos con coraje a regresar a nuestro trabajo, a nuestros proyectos y, en general, a todas las ilusiones que nos habíamos trazado. Retomaremos el pulso económico y, más adelante, volveremos a llenar los teatros, museos, las salas de cine y los estadios de fútbol. Y volveremos a sonreír sin mascarilla… pero, sin embargo, nadie nos devolverá ya a las 209 personas fallecidas en Cantabria y a las miles de personas que en toda España se han marchado, dejando en sus familias y en sus amistades el dolor de su huella irremplazable y el emocionado recuerdo para siempre.
DesdeCantabria24horas, nuestro reconocimiento hacia todos ellos, y nuestro afecto hacia sus seres queridos. Nosotros, que incorporamos muy pronto el crespón que en señal de duelo luce nuestra cabecera, hemos sido testigos como todos los medios informativos de una tragedia muy dura.
Con estas palabras expresamos el más profundo respeto a nuestros mayores, que tanto han sufrido los peores efectos de la pandemia. Dadas las circunstancias, muchos de ellos se marcharon en soledad en un duro trance que hemos vivido con una insoportable impotencia. Vaya desde aquí la admiración y nuestra gratitud a esa generación que tanto luchó por el progreso y el bienestar que, como sociedad, hemos logrado y que tanto hizo por consolidar la convivencia democrática de la que disfrutamos en España.
Un reconocimiento que también expresamos a nuestros niños y adolescentes que, confinados en casa y a menudo sin llegar a comprender la dimensión del problema, han aceptado con ejemplaridad unas normas que, por el bien común, les han apartado durante el resto del curso de sus clases, sus juegos y sus amigos.
Es también digna de nuestros mayores aplausos la madurez con que, en general, han afrontado las dificultades todas las personas que tenían un trabajo estable. Unos quedándose en casa al cuidado de los suyos y otros, por su profesión, asumiendo riesgos y acudiendo a sus labores profesionales para garantizarnos a todos los demás los servicios esenciales.
Gracias a los médicos y enfermeros, a los transportistas, a los agricultores y ganaderos, a los cajeros y cajeras de supermercado, a los miembros de la seguridad del Estado. Gracias sin excepción a todos los profesionales que, con su labor, han garantizado el funcionamiento eficaz de nuestros servicios básicos en el periodo de estado de alarma en el que seguimos.
Gratitud a todos, sin duda, que no puede hacerse extensiva, sin entrar en otros detalles, a la política que debería reajustarse pero que el sistema lo impedirá cuando todos están unidos, como han demostrado, por un interés en defender prebendas (las suyas) y no los derechos de la sociedad en general. La división vivida en tiempos de casi agonía de la nación, ha sido un mal ejemplo que quisiéramos borrar pero que será difícil.
En medio de tanta adversidad, la ola de solidaridad a la que hemos asistido en los últimos tres meses debe motivar e inspirar el orgullo de todos. Las iniciativas para asistir a los más desfavorecidos, las ayudas puestas en marcha por administraciones, fundaciones y entidades de todo tipo, las numerosas donaciones que han realizado las empresas y las acciones que, en general, ha impulsado la sociedad civil para aliviar el duro impacto de esta crisis nos recuerdan que la generosidad es también patrimonio irrenunciable de nuestra condición humana, que desde ya debemos trasladar a los trabajadores autónomos y pequeños empresarios que, con tanta incertidumbre, han vivido el parón de la actividad y ahora viven y se enfrentan a una compleja recuperación.
Nosotros creemos y tenemos fe, profunda fe, en las personas pues estamos absolutamente convencidos de que, juntos y con la firmeza y afán de superación que nos caracteriza, saldremos adelante y derrotaremos al virus y su mal que nos ha provocado.
Caímos al suelo, es verdad, y por unos días parecía que la pandemia haría más estragos. Pero el coraje y la dignidad de nuestra sociedad civil nos ha puesto de nuevo en pie. Toca levantarse, como ya hemos hecho, sacudirnos el virus que nos ha puesto a prueba y trazar de nuevo el camino a recorrer. Ha llegado el momento de reinventarnos en un mundo que, como consecuencia de esta crisis, ya se nos anuncia que va a cambiar.



