Parece estar integrado por individuos con intereses dispersos, léase: Políticos, empresariales, oportunistas, ideológicos, religiosos, fanáticos, narcisistas, delirantes…
UN ARTÍCULO DE JULIA LLORENTE
Dentro de este movimiento, aunque se presenten en masa, no todos los participantes persiguen un destino común, ni parten de las mismas premisas. Decía Freud «que las masas están gobernadas por lazos afectivos de dos clases: uno, la unión con el conductor y otro, la unión de los individuos entre sí».
Este Negacionismo, parece estar integrado por individuos con intereses dispersos, léase: Políticos, empresariales, oportunistas, ideológicos, religiosos, fanáticos, narcisistas, delirantes… Fuera de la reunión puntual poco o nada tienen que ver unos con otros. El conjunto político, como enfrentamiento, dista años luz del que niega la existencia del virus. El primero protesta desde el resentimiento, algo habitual en cualquier manifestación política de esta índole, donde todos quieren que gobiernen «los suyos», según con quienes mejor les vaya. Algunos altamente secundados por el odio. El segundo, con una estructura psíquica a la deriva, se aferra al discurso pseudocientífico. No tanto, y esto es criterio personal, por la negación de la enfermedad ante el temor de poder llegar a padecerla, en cuyo caso se excedería con las medidas preventivas, sino más bien por la necesidad de pertenecer a un grupo donde sostenerse como sujeto hablante.
El empresario, integrado en este proyecto, reclamará, negando la evidencia, temiendo un tambaleo de sus negocios por las medidas establecidas como prevención. Mientras, el narcisista buscará las cámaras para aparecer en los medios, subirlo a las redes sociales y conseguir el mayor número posible de likes, confundido entre lo vírico y lo viral.
En su totalidad están los que no saben; los que saben, pero niegan; los que aceptan la existencia de virus pero lo revisten de inocuidad; los que afirman tratarse de un microorganismo fabricado, ya sea con intención de guerra bacteriológica o escapado por negligencia. Están los convencidos que la propia Naturaleza se ha levantado contra el género humano; los que aseguran llega del Espacio, a modo de panspermia, como castigo de los dioses que nos crearon, partiendo de la unión genética de un Reptiliano con un primate.
La propagación de este movimiento se sostiene con más fuerza en base a la inclusión en el mismo de médicos, científicos, químicos, virólogos, políticos, escritores, periodistas, influencers… que afianzan las creencias, sobremanera las del fanático y el delirante, aparentemente parecidos pero con matices diferentes en su organización mental. Otro de los apoyos donde se acomoda el discurso negacionista, sin que esto justifique su puesta en escena, es la información cambiante que nos viene llegando a través de los responsables políticos y sanitarios desde el comienzo de la pandemia.
Entre tanto se instaura el negocio. Comienza la solicitud de donativos y venta de libros por parte de algunos conductores, seguidos de los gurús y sus pócimas milagrosas. Cualquier discurso disuasorio es esteril. Los que saben, saben. No darán su brazo a torcer cuando ello incluye renunciar a sus ganancias. Los que no, es una cuestión de fe, imposible de derrumbar. Con el delirante se complica aún más, “los delirantes aman al delirio como a sí mismos”. Ante el delirio más complicado, la idea delirante se defiende con la misma energía con la que alguien se defiende de una idea insoportable.
Posicionados desde lo real, ciudadanos responsables, y dispuestos a cumplir con las normas, reaccionan indignados ante este movimiento. Igualmente ante aglomeraciones, cada vez más frecuentes, donde por encima de todo prima el deseo inconsciente de jugarse la vida, y la muerte. Habría que plantearse si es cuestión de pulsión autodestructiva o reto megalómano por ideación de inmortalidad.
Al margen parecen quedar los expuestos por obligación, aquellos que no tienen acceso a una casa donde confinarse, ni pueden comprar mascarillas con las que protegerse. Paradojas de la vida cotidiana.
Si bien dijo Chéjov, «El amor, la amistad y el respeto no unen tanto a la gente como el odio común hacia alguna cosa», poco de común tiene esta iniciativa. La disolución de la misma sólo se daría a partir del momento en que aparecieran los desacuerdos entre sus miembros. Bien mirado, como ocurre en casi todo grupo donde priman los intereses individuales antes que el bien colectivo, olvidando, en este caso, que los microorganismos también llevan inscrita la capacidad de adaptación. Nosotros somos su Hábitat por excelencia.


