María Teresa, sin hacer caso de nada, sigue haciendo punto, teje lana con veloz destreza. Sigue pensando y viendo pasar la vida, con la mirada puesta en los extraños designios de Dios.
María Teresa, la épica discreta
María Teresa es sin duda mi ideal “maestra de la costura” (y bastante más) sin necesidad de ir a uno de los “casting” de Lorenzo Caprile y compañía. Y no lo digo porque nunca he sabido poner un botón, pues lo intenté en el obligatorio servicio militar en la Marina sin éxito.
Ha sido María Teresa Fernández García, de Monte, nacida cerca de la “Casa del Judío” cuando había más huerta y menos pisos, quien ha cosido mis ropas viejas y las nuevas para amoldarla (o yo a ella).Pero es más llamativo en mi aprecio cómo iba de pequeña mi hija, con lorzas y nidos, como una princesa, gracias a ella y a su entrañable hermana fallecida, Mary. Ejemplo claro ambas de fraternidad y de colaboración del oficio costurero y de ganarse la vida con honrada dedicación, más coser que “cantar y coser”.
María Teresa, dinámica y afectuosa, es mi ejemplo de mujer discreta y familiar, de esas pocas personas que pasan a ocupar un sitio principal en la vida propia. Está en el medio de sus dos hermanas, Carmen y Mary, a quien su padre, Faustino Fernández Torre -que había estado en Teruel cuando la guerra civil-, dejó con 6 años y con 8 y 4 a sus hermanas. Nacidas en medio de la guerra.
Faustino había sido bombero, trabajó también en la SAM y pasó después a los camiones de la limpieza. Pero murió en 1981 y antes había fallecido su esposa, Rosario, con quien se había casado en Revilla de Camargo el día de la Virgen del Carmen. (Pero María Teresa tiene buen recuerdo también de su madrastra, Angélica, de Soba).
Lo grande es la laboriosidad y el equipo que formó con su hermana pequeña, algo bien extendido a sus maridos, Andrés Siera, de la calle Peña Herbosa” -meticuloso apreciado pintor de vehículos en “Vidal de la Peña”- y a su cuñado Nino, el difunto Bernardino Rey Iturbe, de Rumoroso, que era un manitas, muy buena persona, buen albañil de primera. Los dos matrimonios solían reunirse en una casita agradable con huerta en la Cavada a donde fui invitado en diversas ocasiones.
Todo esto es, me parece la épica de la sencillez. Como el modo en que María Teresa y Mary cooperaron para sus trabajos de costura.María Teresa -que bordó en la casa Balrriba de la calle Burgos (máquinas “Alfa”) hacía el diseño, aprendió a coser en el taller infantil de Constanza Alonso y Mary -que había trabajado en la “mercería Mota”en la calle Cádiz- sabía cortar. 0 sea, perfectamente complementarias. Hermosamente hermanadas.
Hasta ahí, bien. Pero faltaba la prueba más grande para María Teresa. De sus tres hijos, Andrés, Rafael y Javier, la desgracia vino sobre el pequeño. Javier, que era un chico excelente, el 18 de noviembre de 1996, y pocos meses después de haber cumplido 25 años, se ahogó. Arrebatado por el mar incomprensiblemente cuando estaba haciendo unas prácticas con la Cruz Roja. Se sumergió y ya no pudieron verle más. Era más joven que Alejandro, hijo de su hermano Andrés, hoy de 37 años, el nieto de María Teresa. Es la prueba insuperable que lleva en silencio, apenas amortiguada por su gran fe.
María Teresa, sin hacer caso de nada, sigue haciendo punto, teje lana con veloz destreza. Sigue pensando y viendo pasar la vida, con la mirada puesta en los extraños designios de Dios.
Ya ha cumplido bien entre las cortas distancias de Monte, La Cuesta de la Atalaya, María Cristina y Santa Lucía, en donde lleva 37 años. Ya no tiene que prestar ayuda a su vecina Felisa Gómez, de 94 años, hija del chófer del marqués de Valdecilla, ni tampoco ir a ver a Carmen a la Residencia de “El Faro” y a otras personas que lo necesitaban. Está llevando con paciencia los malos días de la pandemia como superó los de la posguerra. Con resignación mientras hace punto y diseña algo bello y útil como siempre.
Recibe la llamada cariñosa de Mercedes Rey, su sobrina, quien, fue al colegio deLa Anunciacióncon tres años (entre 1969 y 1970) y acabó en 1980. Por cierto, también ella aprendió a coser a máquina, pero sobre todo a hacer punto de cruz. Y no olvida preguntarle a su tía cómo se siente. Como no lo olvido yo, pues primero atendió a mis hijos primorosamente cuando eran pequeños antes de ir a América y a mí, de nuevo, cuando volví. Para más que poner un botón, desde luego. Muy esencial María Teresa. Única.


