Carral era fuerte y sensible. Le gustaba la ópera y cantaba bien cuando estaba contento. Había vivido en Francia y por tradición paterna y dedicación entendía de muebles antiguos y de estilo.
Luis Carral: energía, vitalidad y optimismo
¿Quién que le haya conocido no recuerda al entrenador deportivo y preparador físico Luis Carral?.Era Luis de a lo blanco, blanco y a lo negro, negro. No entendía posturas intermedias. Pura energía, vitalista y entusiasta (a favor o en contra) de las causas que adoptaba.
Pero quede claro que tener un rasgo primitivo no es ser bruto. Carral no lo era pese a la relativa “anécdota” de que, avisando primero y de frente, “sacaba la mano” y, efectivamente, la sacó algunas veces. Por sabido no es lo más reseñable.
Pero no es lo más decisivo para juzgar su recuerdo, en mi caso bueno. Porque le conocí bien y de cerca, especialmente cuando la desventura le metió en el solitario ejercicio de hacerse la diálisis peritoneal en su casa.
Carral era fuerte y sensible. Le gustaba la ópera y cantaba bien cuando estaba contento. Había vivido en Francia y por tradición paterna y dedicación entendía de muebles antiguos y de estilo.
Pero sin duda se le asocia al deporte y a su gimnasio. Había jugado en el Juvenil del Racing, selección cántabra, el Rayo Cantabria y el Club Deportivo Laredo. Entrenando físicamente al Racing (1972-73) se reconoció su eficacia. Siempre atento al multideporte, el equipo de hockey sobre hierba de la Real Sociedad de Tenis alcanzó su gran éxito. Es justamente el el Tenis cuando se encargó al final de los ejercicios gimnásticos donde en ocasiones almorzábamos juntos.
Pero también cultivo Luis con éxito el piragüismo. Fue campeón de España de “K-4”. Participó muchas veces en los descensos del Asón, el Narcea y el Sella. Tenía “bula” y guardaba su piragua en los bajos de La Magdalena. También entrenó a la exitosa famosa trainera de Pedreña.
Cierto que algunas de sus opiniones, por así decirlo, eran estridentes. En una ocasión me encontré con él y le presenté a un joven estudiante muy apreciado por mí y le preguntó qué deporte prefería. “El baloncesto”, respondió el muchacho que destacaba en esta práctica. “¡Nada, nada, tienes que cambiar eso porque es un deporte de negros y de nenas!”, le respondió. No quiero describir la expresión del chico. Al verla, le añadió: “Pues ven por aquí y yo te voy a preparar para jugar el fútbol como un campeón y para ser un buen boxeador”. Ciertamente entrenó con disciplina y eficacia a José Torcida, Uco Lastra -que llegó a campeón de España-, a los hermanos Llata y el cuadro del Club-Cueto de Boxing.
Comía con calidad, pero con frugalidad y apenas bebía. Tenía los ojos azules y miraba fijamente al hablar. Era apasionado, irónico y directo. Amigo de sus amigos. Contrario a esquivar, la verdad.
Ya he mencionado que “sacaba la mano”y eso está en la historia local. No, no lo quiero reducir a anecdótico, pero siempre daba antes aviso y de frente. En fin, en el periódico escribí un día en su favor lo de Erasmo de Rotterdam, que era un intelectual y no un soldado. El soldado manejaba la espada, el pensador la pluma. Luis, en algún extremo, el puño. Nunca se lo aprobé.
Era mi amigo. No olvido el celo que puso como miembro del imponente homenaje que se me hizo en el “Chiqui” en Enero de 1986 (el día 17 lo publicó en la prensa) antes de ir a Estados Unidos para trabajar y seguir estudiando. Y la nobleza y gratitud, obligan.
Y vino a Washington DC a verme con una mezcla de ilusión y expectativa optimista de hacer negocios. Le hice reserva en el “Hilton” y de nuevo referiré algo llamativo: por la mañana puso sus brazos en los extremos de la puerta del gran ascensor para ver “si estaba en forma” sin darse cuenta de que, aunque funcionaba otro, se generó una fila y me llamaron por teléfono.
Así era Luis, una mezcla de sutil e ingenuo muy fuerte que no daba importancia a las convenciones, ni al dinero (lo gastaba o lo daba cuando lo tenía y no lo apuntabacuando lo solicitaba). Un tipo duro que era bueno jugando, a veces, a chico malo. Pero enemigo acérrimo de trepas e hipócritas.
A alguno, muy pavo real, se lo recriminó a solas y salió despavorido.



