Ignacio Aguilera y Santiago, sí, formado con los hombres de la Junta de Ampliación de Estudios (dicen que había sido de la FUE) avaló a muchas personas. Pero creyó en mí también y le profesé auténtico cariño.
La voluntad independiente y afectuosa: Ignacio Aguilera y Santiago
Cuando conocí a don Ignacio Aguilera, -una de las personas más acogedoras y cordiales que he conocido en mi vida-, era por seguna vez presidente del Ateneo de Santander (1973-1975) tras su primer periodo más de una década (entre 1960 y 1967). Había oído hablar de él, pero no sabía mucho de su persona, ni de su temperamento y su arrolladora simpatía de muy enérgica buena voluntad.
Siendo un chico venido de pueblo e internados de frailes, no tenía yo demasiada experiencia y, desaparecida mi madre, vine a la ciudad con mi tía Laura -mi segunda joven madre- en donde mis trabajos iniciales eran malos y duros. Conocer a a Aguilera cambió mi vida porque me atraían los libros y la cultura. Verle allí en su despacho de director de la Biblioteca Menéndez Pelayo, con su pelo blanco, con su afectuosa mirada y su interés, escuchándome, empezó a cambiar mi vida.
Apostó por mí sin dudarlo. Supe bastante después que lo había hecho también por muchas diferentes personas y causas. Por ejemplo, por quienes habían perdido la guerra. Que había tenido diez hijos con su mujer, María Ramos Pérez y padecido con su mujer la muy dolorosa desgracia de la muerte de dos de los varones. Un día lo mencionó y me quedé en silencio.
Pronto me pareció un liberal independiente y razonablemente confiado en sí mismo y en la fé. Entre las personas agradables, bondadosas y capaces que he tenido la fortuna de conocer está a la cabeza, sin duda, don Ignacio. A diferencia de algunos otros “notables” de la época, comprendió mi inclinación vocacional a la cultura. Jugó sin dudarlo en mi favor inmediatamente. Me encomendó la puesta en pie de la obsoleta antigua “Tertulia” de la “docta casa”, pero habilitó además sin que yo lo esperase una cantidad de buen dinero de entonces a través de Cayo Pombo para compensar mi ilusionada dedicación que fue de absoluta entrega.
Algunos recuerdan el indiscutible éxito de la más informal sección en la que la fórmula que adopté, como recuerdan amarillas páginas de la prensa local, era atreverme a plantear temas polémicos con personajes solventes y algunos jóvenes, entre ellos el actual presidente de la casa, a la sazón amigo mío.
Por el salón pasaron el “Plan del Sardinero” con el abogado Marino Fontecha o la primera operación “a corazón abierto” del doctor Gómez Durán, a quien traté de enlazar luego en San Antonio de Tejas con el entrañable doctor canario-americano a quien también invité a Santander, Alfonso Chiscano.
Mario Crespo, recogiendo distintas opiniones, ha trazado bien la etopeya y el retrato de Aguilera: “eficacia y sentido de la oportunidad”, “investigador y animador”, simpatía y trato “de generosidad en el acento afectivo” (Rodríguez Alcalde), “hombre abierto a la amistad y al auténtico cariño, lleno de simpatía, de cordialidad y de deseo de ser útil al prójimo”(Dámaso Alonso), “hombre de inquietudes y relaciones que desbordaron los límites geográficos de nuestra tierra…“(Manolo Riancho).
Todo eso es muy cierto. Pero escribí al principio también que tenía un temperamento. Creía en lo que hacía, no tenía temor y no se lo daban las dificultades, pero tampoco personajes poderosillos o gobernadores. Es de lo más atractivo de su personalidad y lo demostró en bastantes ocasiones: en su empeño para poner con sus botas y su pipa la estatua de “Pick” en la curva de La Magdalena; para iniciar la compra del toldo de la cobertura de la Plaza Porticada para el Festival Internacional; para haber reiniciado cursos y las fiestas universitarias en el seminario de Corbán a finales de los años 40.
D. Ignacio, santanderino nacido en noviembre de 1906, alumno libre en Salamanca y Madrid de Filosofía y Letras, y fallecido en 1989, ya había hecho una muy meritoria andadura intelectual y profesional antes de regresar en 1944 al Centro Coordinador de Bibliotecas y para ser Secretario de la UIMP o director de la Biblioteca Menéndez Pelayo, tras la jubilación de Sánchez Reyes (1957), al pasar de director adjunto a titular. Desbordaría la extensión razonable de este escrito enumerar los diversos trabajos e iniciativas desplegados en Santander antes y después de su retorno. Y en toda Cantabria: en Ramales, Torrelavega, Reinosa, Renedo, La Vega de Villafufre, etc.
Ganador de la oposición al Cuerpo Facultativo de Archiveros y Arqueólogos (1934) ya se había hecho cargo -y restaurado- la Biblioteca Universitaria de Oviedo catalogándose más de 60.000 volúmenes, proponiendo desde la Junta de Recuperación, el Centro Coordinador de Asturias (1937), modelo previo del que luego instauró en Santander.
En fin, no enumeraré los trabajos que hizo e impulsó en cuanto a catalogaciones, epistolarios y rescate de fondos, así como en ejemplares colaboraciones con otras instituciones como el Centro Gallego en tiempo esplendoroso de las visitas de ilustres gallegos amigos suyos como Otero Pedrayo o el encantador don Dionisio Gamallo Fierro, a quien, como a otros, pude conocer y tratar gracias a él.
Cierto que tuvo reconocimientos como “Montañés del año“ (1976) y la “Encomienda de Alfonso X el Sabio“ (1977), pero considero que es una de las personas a quién menos se le ha tributado la gratitud que se le debe. No de la pública, pero de algunas privadas concretas me hizo confidencia ya cuando consolidé mi amistad con él, pero como le di mi palabra de discreción, aunque me cuesta, la cumpliré. (Los desagradecidos lo saben y algunos descansan en paz, se supone).
Ignacio Aguilera y Santiago, sí, formado con los hombres de la Junta de Ampliación de Estudios (dicen que había sido de la FUE) avaló a muchas personas. Pero creyó en mí también y le profesé auténtico cariño. No olvidaré que de arriesgar poniéndome al frente de la animada “Tertulia“ cuando todo el mundo podía entrar sin rigidez al antiguo Ateneo y cuando casi no me conocía, acabó encomendándome sustituir al historiador De la Cierva para la conferencia de un acto inaugural. Conservo sus cartas y notas manuscritas, incluso para anunciarme que me enviaba un coche de la calle Gravina a Hernán Cortés para conversar con él. Y la única “estrategia“ que usé para agradarle era aprender, admirar su ética y tesón y llevarle con mucho cuidado, de tarde en tarde, y a espaldas de una de sus vigilantes y protectoras hijas, un cigarrillo. Nunca le olvidaré. No podría olvidar a ese señor culto y valiente llamado Ignacio Aguilera y Santiago. Gran señor, a no dudarlo, de la cultura y en la vida.



