Lo hacía bien todo: jugar al fútbol, cantar, hablar en latín y traducir en serio del griego. Gran etimologista, sobre todo. Sabio. Yo le admiraba. Como la mayor parte de sus alumnos, entre ellos el prehistoriador Ángel Ocejo.
Julio Montes, poeta y sabio amante de Cantabria
Amigos hay que nunca se olvidan. Julio Montes Sáiz, intelectual sencillo, profesor y latinista preclaro, es para mí uno de ellos. Sacerdote católico nada beato, pero sí profunda, y más tarde creo que angustiadamente religioso. Roma le había marcado. Pero también la vida, las variadas lecturas (Santa Teresa, Unamuno, Nietzche, etc.) y hasta cierta incomprensión. Sin duda una de las personas más preparadas que he conocido en mi andadura vital. “Experto” en Humanidades, fue Julio un apasionado y también activo investigador autodidacta en los temas cántabros de toda la “gama antropológica: Lingüística, étnica y costumbrista. Así se expuso en la “Gran Enciclopedia de Cantabria” que dirigí. (Por cierto, la leyó entera e hizo multitud de valiosas correcciones de voces en solitario).
Nació Julio Montes en Aldueso, Enmedio (Cantabria) y antes de sus experiencias en el extranjero estudió en Arija, y en Corbán (Santander). Aquí sería profesor en el seminario y luego, por libre, en diversas academias privadas cuando, tras una estancia destinado en Valencia (de donde se le quedó la expresión “che”) y en Alemania cuando ya tornó a la tierruca.
Lo hacía bien todo Julio: jugar al fútbol, cantar, hablar en latín y traducir en serio del griego. Gran etimologista, sobre todo. Sabio. Yo le admiraba. Como la mayor parte de sus alumnos, entre ellos el prehistoriador Ángel Ocejo pues todavía al encontrarnos, frecuentemente le recordamos.
Le debo mucho, sí, a Julio Montes. Le conocí siendo yo obrero en la calle San Luis y estudiante libre nocturno a la vez. Por el cercano ambiente callealtero de los alrededores entre su casa en Santander y la mía de entonces, cerca de Consolación. Solíamos parar en sitios sencillos como el bar “Atlántico” de Jesús o en el cercano “Maracaibo” del “Titi”. Todo el mundo le llamaba “don Julio”. Y allí mismo llevaba yo mis textos de primero de Periodismo en la Complutense y él, a ratos, me explicaba perfectamente dudas sobre lingüística y otras materias. Nada le parecía difícil.
Julio Montes tenía unos negros ojos inteligentes, entradas en las sienes y una juvenil sonrisa acogedora. Era bastante fumador. En ocasiones se impacientaba un poco. Genio vivo, no tenía mal humor, al contrario, pero al parecer tampoco muy buen perder. Cuando perdía al fútbol en Corbán (era muy bueno), aunque me lo negó, me habían contado que después era más exigente en las lecciones…
Tal era la preparación de Julio Montes que para ir a Roma se solían escoger chicos de familia bien de la diócesis. Para ir como becarios, pero Julio destacaba con diferencia y no se le pudo negar ser él el elegido para estudiar en la prestigiosa romana Pontificia Universidad Lateranense. Hizo allí la Licenciatura en Teología, pero además se hizo también Doctor de Pastoral y con matrícula en todas las asignaturas. Le pedí una copia de sus Notas que conservo. En fin, fue de los más completos estudiantes que han pasado por el llamado Colegio Español de Roma.
A su regreso a Santander se le encargó por un tiempo atender las distintas cercanas parroquias de Rubayo y Gajano. Cumplió allí lo mejor que pudo. Alguna vez le acompañé a comer en el “Bar Gelín”. Casi siempre hablábamos de libros y lecturas.
Era andarín y curioso; se ponía la boina, cogía una vara y recorría los pueblos. Yo, no. El y yo, en cambio, viajamos juntos también por Cantabria algunos días festivos, pero en mi “127” de entonces. Fuimos bastante por la provincia/región cerca de colegiatas y ríos, lo mismo al nacimiento del Asón que al del Ebro, ríos a los que dedicó su poesía. Sabía todas y las posibles etimologías de los valles, montes y pueblos. Pero tenía temor a la carretera y también era aprensivo con mi modo de conducir…
Tampoco le gustaban a Julio los aviones pues después le invité a visitarme en Estados Unidos y me quedé igualmente con ganas de que fuésemos a Roma para que fuese mi guía y me explicase su visión de la ciudad eterna. No aceptó. Una verdadera pena.
Posteriormente iba a verle a la Casa Sacerdotal de Menéndez Pelayo sin avisarle o a cualquier hora. Tanto cuando yo vivía en Santander como cuando venía de Estados Unidos de visita. Me solía mostrar lo que había escrito. Llevaba siempre, como Azorín, unas libretitas de alambre y allí escribía aforismos, muchos de los cuales conservo y, aunque lo intenté, no tuve tiempo de ordenarlos temáticamente.
Poeta, escribía Julio también ingenuos y bellos poemas, casi siempre dedicados principalmente a Cantabria. Y publicó el libro de poesía titulado “Cármina” para lo cual insistí e hice el prólogo desde Washington DC. Lo he recordado en la separata del Ayuntamiento de Reinosa, “Testigo poético de Cantabria eterna”. Condensación poética y pensamiento filosófico de lo que pongo los ejemplos de su inspiración en torno a nieve, olas, caminos, piedras, ríos y el mar Cantábrico junto a las huellas celtas o romanas y, en fin, las costumbres varias de nuestros valles, pueblos y montañas.
Cuatro tipos de paisaje traté de clasificar y probar en su obra: natural, histórico, “paisaje de alma” (“Romance de Ucieda”) y el excepcional por la celebración privilegiada que califica “regalo privilegiado de Dios”. En el último epígrafe y siempre siguiendo con ejemplos expresé cómo en su canto lo lírico se tornaba épico mediante la belleza de expresar sentimientos para contar, definir y explicar.
Al agradecer al alcalde reinosano de entonces, Daniel Mediavilla, al responsable de Cultura, Javier, y al resto de la Corporación su interés, ya señalé que los amigos “nunca se van porque quedan en nuestro corazón hasta que vayamos a su encuentro”.
Sigo pensando igual y sí me considero afortunado por haber podido cumplir su encargo de poner a buen recaudo sus queridos libros en la Casa de Cultura de Reinosa con un Aula que lleva su nombre y tiene un cuadro con su retrato. Depósito permanente de su donación a Montes Claros, el lugar que un día visitamos juntos.
Hoy renuevo, en fin, mi agradecido recuerdo. Él sabía adaptarse, en buen grado probablemente quizás por la lectura que le sumía en una especie de vida paralela. No es descartable que tuviera algo infantilmente grandioso. Pero se entendía perfectamente con la gente sencilla. Mucho mejor que con los impositivos jerarcas o los personajes pretenciosos. Un día así se lo comenté a don Juan A. Del Val, su ex compañero como profesor en Corbán y superior como Obispo. No surtió efecto inmediato, pero mantengo una inesperada carta suya, en la que, sabedor de mi amistad, me dirige unas humildes líneas dándome el pésame y expresando su pesar ante la muerte de Julio. Testimonio de valoración y sensibilidad sin la menor duda.


