Era original y culto, pero le gustaba sobremanera la calle e ir al encuentro noticioso de las cosas. Moreno, con nariz picuda, voz algo cascada por fumar, pero con inflexiones aflautadas, era la caricatura ideal de “Francisco».
Juan A. Sandoval, originalidad periodística y la calle
Juan Antonio Sandoval era alto, delgado y casi siempre iba con un magnetófono “Phillips” azul oscuro para grabar sobre la marcha. Representativo periodista,epitome, o sea resumen todoterreno y rápido fuese para el cometido oral en la radio o para el periódico. Anduvimos bastante juntos y un buen día en que protesté por algo, me dijo: “este oficio no tiene entrañas”. No recuerdo el motivo, pero sí la frase y que implicaba que si eres crítico, hay que encajar variadas reacciones adversas y, si no, no esperar gratitud.
Sandoval era original y culto, pero le gustaba sobremanera la calle e ir al encuentro noticioso de las cosas. Moreno, con nariz picuda, voz algo cascada por fumar, pero con inflexiones aflautadas, era la caricatura ideal de “Francisco”. Ya repito: original con talento, pero además de culto (había hecho Filosofía y Letras en Valladolid) era gran improvisador oral y por escrito. ¿Frívolo? No, no tanto. Tal vez le gustaba parecerlo o se defendía así de incomprensiones y topicazos, de la impostura y apariencias serias de vagos y trepas. Casi seguro.
Sí, íbamos a la “Belle Epoque” de Mero y al “Cinema” a ver teatro con las entradas que nos daba el hombre de las gafas negras en la puerta de parte del bondadoso Gerardo Mazorra. Íbamos a los festejos, cafés-teatro o al Festival de la Porticada. En fin, nos lo pasábamos bien y yo iba haciendo el aprendizaje.
Si con Florencio de la Lama y más tarde con Manu Leguineche en Madrid valoré el mundo de las Redacciones, con Orive el trabajo académico, con Juan Antonio, la calle, y más tarde, desde el tiempo libre que me dejaba la mili, con Juanchu Pérez Arce aunque a distancia y ya bien pagado porque él estaba enEl Correoen Éibar.
La principal referencia común directiva con Sandoval fue el indisimulado aprecio que nos profesaba José Aurelio Valdeón, con quien nos reuníamos en “El Suizo” y a quién seguí viendo con el padre de Julio Iglesias en una cafetería madrileña en O’Donnell que juraría que se llamaba“Robra”.
Pero debe decirse que Juan Antonio Sandoval, pluriempleado, era también profesor con buenos conocimientos de Historia, especialista en Contemporánea, sobre todo en la Guerra Civil española. Sin la menor connotación marxista o dictatorial contraria, sí era simpatizante joseantoniano.
Pero estos artículos van de relación amistosa. Tal fue la mía que no compartí el mundo de los toros (llevó a su hijo a la plaza cuando tenía 5 años) y el del futbol que cultivaba él en segundo lugar, pero sí el del teatro y en bastantes ocasiones el de ir a cenar a deshora a su casa de Floranes, 55. A horas más que impertinentes, y su mujer, Isabel Diéguez -que había sido alumna suya- tenía dormidos a Isabelita y a Juan Antonio, y se levantaba a darnos la cena. Prueba excesiva de amistad y de abuso de confianza hacia una mujer que tocaba el violín, profesora, culturalmente simpática, bella y avanzada. Otras veces, a horas dignas, ella también nos acompañaba al teatro veraniego. Como amigos.
Sandoval no mostraba mucho externamente sus emociones. A veces gustaba de la recortada “bohemia” santanderina en solitario, se estaba tomando su cubalibre y si le interrumpías, lo llevaba bien aunque alguna noche hicimos alboroto en “Los Picos de Europa” de Chuchi Bedoya. O después de ir a ver y escuchar a Samperio tocar el piano por San Fernando.
De hecho me instigaba Juan Antonio a “preguntar fuerte” (con Víctor Manuel que me llamó “idiota” o un constructor que me quiso agredir…) y luego de divertirse, él se zafaba, pasaban los cabreos y volvíamos a lo mismo. Pero por no hacerlo extenso, me ahorraré bastantes anécdotas de este tipo, alguna que me hizo ser menos amigo de Samperio que de Jesús Delgado. Participé ya bastante desde fuera en su programa radiofónico “El color de la noche” y bastantes veces en su famosa página dos exclusiva de temas locales en la prensa. (En ocasiones aquí nos acompañaba Jesús Teja con sus textos y al verme lo recuerda).
Para Juan Antonio, la explotación de su vocación era principalmente por pluriempleado y la mía -que era el aprendiz-, por gratuito vocacional hasta que llegaron los tiempos mejores del mencionado Valdeón y de Miguel A. Santamaría.
Compañero amigo fue Juan Antonio. Su lema del grito “¡artistas, artistas!” era para expresar su preferencia frente a políticos y mandamases. O sea, lenguaje burlón, remedante e irónico como el del eslogan “se va a hacer” que repetía y otros remoquetes alusivos e irónicos que hizo famosos desafiando la falta de sustancia y la dolosa “proyectitis” que publicaban algunos sin que nunca se cumplieran. Es decir, el camelo.
Era, ante todo, un tipo divertido e inquieto, amistoso y profesional. Parece que le estoy viendo.



