Pero yo conocía a Fernando de tiempos anteriores cuando tuve en Ruamayor, 4 uno de mis primeros trabajos en la ya desaparecida tienda de electrodomésticos “Ortiz”.
En este desfile de inolvidables amigos que he tenido la fortuna de tratar, no puede faltar Fernando Baños, de pelo plateado, voz baja y suaves maneras. Fue honrado concejal de Santander en tiempos de Hormaechea y estuvo durante un tiempo encargado del Museo de Bellas Artes. Lógico destino pues tuvo también con Ángel de la Hoz la sala de arte “Delta”, local suyo como fue el del desaparecido “Delfín Verde” del Sardinero.
Pero yo conocía a Fernando de tiempos anteriores cuando tuve enRuamayor, 4uno de mis primeros trabajos en la ya desaparecida tienda de electrodomésticos “Ortiz”. Empezó a tratarme porque en esa época era él representante de ese sector. Nunca dejamos de ser amigos a partir de entonces hasta su muerte. Era profesionalmente muy bueno en las ventas (había empezado con hojas de afeitar fabricadas por su padre, “Sinfin”, “Dervi” y otras) por su buen trato y ya sin relación comercial le seguí tratando cuando trabajé en Nuclenor, por carta cuando fui a Washington DC, y a la vuelta.
Fernando Baños estaba orgulloso de haber sido falangista y militó (creo que era el mayor en Cantabria) en el partido de la “Falange Auténtica”. No estaba yo vinculado a partido alguno ni trató de captarme. De hecho, en nuestros debates, me empeñé mucho en razonar con él que no viese a los adversarios como “enemigos”, algo un poco inevitable por los antecedentes bélicos y de la inmediata postguerra que había vivido.
Estoy convencido de que si él me dio, en general, buenos consejos, mi sincera actitud e influencia existió y la sentía. Pío Muriedas y él casi no se saludaban y no hay duda que fui el “puente” que les hizo apreciarse. Fernando acabó además sufragándole algún recital poético en el Museo. Ya nos sentábamos los tres juntos a veces para tomar café.
No iba Fernando Baños de culto o sobrado en nada. Prudente y siempre sencillo, tenía mucha experiencia y utilizaba el sentido común excepto cuando alguna situación se salía de lo normal o resultaba amenazante.
Pongo un ejemplo. Fuese porque las entradas eran o les parecían caras o por otro motivo, un buen grupo de jóvenes se amotinó delante de las puertas de acceso al escenario de la Plaza Porticada porque no podían entrar al espectáculo musical de un grupo moderno. Estuvo a punto Baños de ordenar a los bomberos que echasen agua a esa gente. Por suerte, Juan Hormaechea prefirió entonces que se abriesen las puertas y entrasen gratis. No recuerdo el año, pero ellos se apaciguaron. El vocal del grupo supo, además, reaccionar: “No seamos como ellos” (supongo que aludía a espectadores burgueses) “demostremos educación y no nos vayáis a joder el equipo que es muy caro”. Nada sucedió.
Fernando Baños tuvo alguna discrepancia ocasional con el alcalde, pero en general estuvo cercano y, de hecho, viajó a París con él cuando se inició la vida lúdica de Casino y a una gestión para la pintora cántabra de Cabezón de la Sal, la cubista María Blanchard. Lo relató el propio Hormaechea para “El País” (28-1-82).
Declaraba Hormaechea cómo había ido con Baños, concejal de Cultura, “para poner en su tumba una lápida con su nombre y para evitar el traslado a la fosa común, pues conforme a la ley francesa es lo que se hacía con las tumbas sin inscripción durante un determinado plazo de tiempo».
Son innumerables las anécdotas que viví con Fernando Baños, el primero en defender alguno de mis polémicos artículos de prensa en otras épocas. El que siempre encabezó, por cierto, algunos de los positivos reconocimientos que se me hicieron como el de la Medalla de Oro y Diamantes de la Caja de Ahorros de Santander y Cantabria. Paciente él y bien sistemático, me sorprendió un día en mi despacho de Hernán Cortés poniendo encima de mi mesa la cosecha de firmas que había ido logrando para esto. Como si fuera para él mismo.
Siempre le hice bastante caso y a la inversa. Incluso cuando un buen jefe mío se atrevió a desafiarme y dijo que tenía que atreverme más a las cosas porque dudé en hacer una excesiva compra de vino para la empresa. Se lo dije a Fernando y me propuso: “Compra un camión de vino”. Y así lo hice. Me presentó a Pedro del Cerro, y encargué vino numerado, “Glorioso”, sin pestañear.
En fin, tenía él un amigo artillero segoviano, Antolínez, y en otra ocasión le convencí de que no cediese a la tentación de marcharse a vivir a Valladolid. La confianza era recíproca con la diferencia de que Fernando tenía más experiencia y, la verdad, más convincentes “recursos” para imponer su voluntad que yo. Un verbo que utilizaba para molestos contrarios injustos era que había que “marcarlos”. Quise suponer que era como en el fútbol y así se lo daba a entender. Y se quedaba mirándome en silencio.
Siempre honraré su recuerdo, su templada parsimonia de zorro plateado para expresarse, su gran lealtad y su protectora compañía. Buen padre y amigo, no cuento ni la tercera parte de lo que fue su vida. Pero otros interesantes datos ofrece su propio hijo, Fernando también, buen fotógrafo, en la siguiente webBanos.com/clases/sobre-mi.



