No es momento de meter los dedos en la llaga de nuestro sufrimiento. Es momento de creer, de levantar la mirada al cielo y creer en el renacimiento de nuestra sociedadi
El domingo fue un día que tanto por creencias como por tradición, en nuestro país se celebra uno de los hitos religiosos más importantes del cristianismo, de la que nuestra cultura occidental es directa descendiente. Y han sido miles de fieles los que han visto frustradas sus intenciones de elevar a viva voz sus sentimientos más íntimos para con sus creencias en este lunes, mientras que los más paganos, sólo hemos visto cómo pasa un día festivo más, heraldo de la primavera, delante de nuestras narices y privándonos de esas copiosas comidas fuera de casa en las que nos congratulamos y recreamos en nuestra más exquisita gastronomía junto a nuestras familias y amistades.Y sí, el símil es fácil, gangoso y previsible. Nuestro país, atravesando unVia Crucisde dolor y amargura, viendo a nuestros mayores agonizar y morir solos, sin un aliento de apoyo, sin una caricia tranquilizadora ni una mirada a los ojos de su descendencia para sosegar su conciencia de “que lo hizo lo que mejor que supo”. El miedo al sufrimiento, el desasosiego a lo desconocido. El temor de no saber en qué punto del camino la penitencia, por dejadez e irresponsabilidad, nos encontramos.Si la primera de las 14 estaciones fue la condena a muerte de Jesús, tendríamos en su equivalente aquella declaración cuasi-lacrimosa de Pedro Sánchez en la que nos condenó a la oscuridad de nuestros hogares, y estaríamos pasando durante estos días, paradas una a una, hasta la sepultura de nuestra mente en un pozo de tal pesadumbre, que algunos no sabrán si resistirán mucho más tiempo, ante los envites de la desazón y la perversa ansiedad, prensa mediante, que cada día recibimos en sobredosis y sin corazonada de cuándo acabará este encierro y qué nos espera tras el portal.
Pero en el día de hoy, toca hablar de la última estación. La quinceava, la estación de la Resurrección. Toca hablar de ese primer amanecer del primer día en que los rayos de sol tocan por vez primera la tierra, arrasada por la más feroz galerna. Ese primer instante donde una mezcolanza de sentimientos entre el terror de hacía un momento y la tranquilidad deltodo ha pasadose funden en un abrazo de incertidumbre y esperanza. ¿Cómo lo afrontaremos? Habrá que hacer de tripas corazón, habremos que proteger a nuestra prole ante el aciago futuro. Deberemos responder con la mano más dura que la unión social puede proveer, exigiendo recursos y oportunidad para que seamos nosotros, el pueblo, los de siempre, quién se encargue de levantar, como cada vez que termina una guerra, todo el sistema, el país y nuestra sociedad. Deberemos protegernos, a nuestras familias y vecinos, solidarizarnos con aquellos que pasaron infiernos de guardia en hospitales y que sólo piden horas de sueño, no dándoles más trabajo por nuestra propia irresponsabilidad. Consolar a aquella generación que perdió a sus compañeros y fabricar ese escudo social que nos inmunice contra cuantas embestidas quiera darnos la naturaleza, organizándonos como muchos paisanos nuestros han hecho en aquí en Cantabria, en redes de apoyo mutuo y lucha por los que más lo necesitan.
No, no son los días en los que parte de esa desleal e incrédula derecha se ampara bajo la Incredulidad de Tomás. No es momento de meter los dedos en la llaga de nuestro sufrimiento. Es momento de creer, de levantar la mirada al cielo y creer en el renacimiento de nuestra sociedad, en el resurgimiento de un ideal de fraternidad y concienciación social del que nos hemos ido apartando y desilusionando desde aquel 15-M. Es el momento de con los ojos cerrados y con el corazón en la mano, tener fe en nosotros mismos, nuestras capacidades y coraje. Es tiempo de resucitar a nuestra gente, resucitar España, Europa o lo que se ponga por delante y proclamar al mundo que unidos, podemos.


