Lo sea o no lo sea, no es el final para nadie que descanse en su profunda sombra soñando que llegará a despertar.
En estos tiempos en que los gobernantes no saben o no quieren contar todos los muertos, debemos consolarnos pensando cuántos habrán abrazado a la muerte como una cita de amor definitivo. Como hijos o como novios. Los hijos de la muerte nunca se llevaron bien con los novios de la muerte porque no es frecuente que los hijos se lleven bien con el novio de su madre. El novio que no es su padre, naturalmente. Pero hay un nexo profundo que los une y es el amor a una esperanza difícil de sentir en tiempos materialistas que no entienden que la muerte no es el final. Lo sea o no lo sea, no es el final para nadie que descanse en su profunda sombra soñando que llegará a despertar.
Se oferta en estas fechas en la televisión de pago una película de muy relativo éxito del notable realizador cinematográficoAlejandro Amenábarque describe el encontronazo verbal entreUnamuno, el venerable rector de la Universidad de Salamanca destituido por la República y nombrado rector vitalicio porFrancoyMillán-Astray, militar retirado por mutilado, fundador de la Legión y regresado de la Argentina para ofrecerse para tareas de exaltación del ánimo de los alzados. Dos personajes de retaguardia difíciles de comprender con visión actual y, por tanto, difíciles de retratar para el jovenAlejandro Amenábarque no tiene nada de hijo ni de novio de la muerte. Más bien es un nieto acomodado de la paz establecida a partir de aquel lejano conflicto que pinta con colores confusos en sus anécdotas iniciales. A pesar de la confusión se nota que no se trata de un conflicto entre dos bandos, uno maligno y otro benigno, como intenta deformarlo el sectarismo de moda en nuestros días, sino de un conflicto interno dentro de un mismo pueblo.
CuandoUnamunopronunció, en aquel extravagante acto celebrado en la Universidad de Salamanca y reconstruido a su aire porAmenábar,la célebre frase “Venceréis pero no convenceréis” estaba pronosticando una victoria imperfecta, como todas, que no se ajustaba a su ética humanista. Soñaba una muerte maternal frente a una muerte fratricida como la ilusión de un redentor místico. Un abrazo que era imposible cuando ya había un fusil en cada mano útil, entre las que no estaban la deMillán-Astray, que ya era tuerto y manco.
En estos días en que ha quedado atrás el estado de alarma de la pandemia y hacemos por normalizarnos, si la suerte nos acompaña, pienso en que la muerte mal contabilizada con su guadaña segadora de vidas a segado las pocas que pudieran sobrevivir del paso de ochenta y cinco años desde aquella contienda. Sería un milagro que algún “novio de la muerte” haya quedado vivo y esté en condiciones de leer estas líneas. Tan difícil como que algún otro “hijo de la muerte” siga esperándola como “el amparo dulce que azucara nuestras vidas”. Pero, por si aún existiese alguno vivo en este mundo vírico, les dedico este artículo para que sepan que no están tan olvidados como pudiera parecer y que varias generaciones de españoles hemos crecido gozosas sobre una patria unida y creciente sabiendo que su paz era posible gracias a quienes supieron vivir sin miedo a la muerte.



