DURANTE VARIOS AÑOS ejerció el sacerdocio en Sancti Spíritus (Cuba), dada la escasez de sacerdotes (diez veces menos que en el resto de países de Latinoamérica).
ESTE SÁBADO, a las 6 de la tarde, se celebra en la Virgen Grande de Torrelavega un acto religioso que conmemora las bodas de oro sacerdotales de don Pedro Sandi Pérez. Con este motivo, José Ramón Saiz ha escrito el siguiente artículo que refleja el «peregrinaje» como sacerdote de Pedro Sandi.
Vocación y misión de Pedro Sandi
EN LOS CINCUENTA años de sacerdocio de Pedro Sandi Pérez (Torrelavega, 1940), su etapa más larga transcurrió en la parroquia de la Asunción de la que era titular Cristóbal Mirones. Destinado para cubrir el vacío dejado por Carlos Osoro, el dominico Daniel González de Celis y Álvaro Samperio, poco tiempo después llegaron Miguel Ángel Fernández, impulsor de Coorcopar, y Antonio Gutiérrez Herrera, actual vicario episcopal. En este destino permaneció catorce años (1977-91), tiempo en el que la parroquia torrelaveguense continuaba su labor de amparo a los más pobres y obreros en paro.
Se venía de una etapa -a partir de finales de los sesenta- que la iglesia santanderina vivió con sobresaltos, cuando al menos dos docenas de curas lucharon en la provincia por ideas democráticas y solidaridad con obreros y sindicalistas, muchos de la HOAC, con los que se solidarizó el entonces obispo, José María Cirarda. Desde la Brigada Social del régimen -que vigilaba sus movimientos- les calificaron de progresistas, contestatarios, europeos y comunistas. Pero no lo eran. En todo caso, curas comprometidos como el caso de Mirones y su equipo de la Asunción.
Integrado Pedro Sandi en la parroquia en los primeros amaneceres de la democracia, trabajó con ahínco con el resto de sacerdotes y seglares no sólo en la labor social en un barrio marginado como el de la Inmobiliaria, sino en todo un programa social de arraigo y creatividad evangélica que definía el cristianismo de base de la época: apoyo a la asociación de vecinos del barrio, creación de la coordinadora contra el paro, promoción pionera de la catequesis familiar y del movimiento junior de acción católica, lucha por la instalación de un hogar del transeúnte, trabajo por una nueva imagen de parroquia en comunidad, promoción de la pastoral juvenil, apoyo a la Casa de los Muchachos, decidida orientación social de la predicación según la doctrina social de la iglesia, cuidado especial de la pastoral de enfermos y de mayores, y así un largo rosario de acciones de vocación y compromiso cristiano. No podía olvidarse en este conjunto de sacrificios, el esfuerzo por un renacimiento de la HOAC en la parroquia, trabajo animado especialmente por Pedro Sandi.
Esta etapa de compromiso -como todas la que vivó- arranca en Comillas con su ordenación sacerdotal el 29 de marzo de 1964 por el entonces obispo, Eugenio Beitia, uno de los primeros prelados españoles en dimitir, en su caso por razones de salud. Al día siguiente, 30 de marzo, sin inaugurarse aun la iglesia de San José Obrero, Pedro Sandi ofició su primera misa con el acompañamiento de Teodosio Herrera y Amable Pelayo y la predicación de Carlos Gómez Blázquez. De esta manera, este hijo de Torrelavega, nieto de un comerciante relevante en los inicios del siglo XX, Aureliano Sandi, cantaba misa en su pueblo y en el templo de la patrona de la ciudad y sobre el altar que conserva piedras originarias del nacimiento de la villa de los Garcilasos.
Pero debemos remontarnos al acto de Comillas de hace medio siglo, cuando el joven licenciado en Teología y Filosofía Pura se hizo sacerdote después de sus estudios en el Seminario de Corbán y la Pontificia. Había comenzado la primaria en los colegios de los Sagrados Corazones de la calle Julián Ceballos, continuando la secundaria en el Instituto Marqués de Santilllana con Brotons de director y un magnífico profesor de Latín, Domingo Muñoz (que como catedrático dirigió el Pereda de Santander), o compañeros como Carlos Herreros, Jose Antonio Arce, Alejo Peña, Vicente Hevia, Ramón Bustamante y Juan Luis Monje, entre otros.
Fue precisamente en Torrelavega donde surgieron las primeras luces de su vocación desde su admiración –como ejemplo de fe y humanismo- del entonces seminarista Carlos Gómez Blázquez, además de la semilla cristiana que en él cultivó Teodosio Herrera. Avanzaba en su preparación de seminarista, cuando vivió esperanzado la llegada al pontificado de Roncalli, el papa bueno y buenista, Juan XXIII, acontecimiento que sintió como un gran gozo por lo que significó de renacimiento para la iglesia y alejamiento del nacional-catolicismo, proceso que afianzó el Vaticano II ya en marcha cuando fue ordenado, y que se completó con el aggiornamento de la iglesia que promovió Pablo VI.
Desde que se consagró en la obediencia a sus superiores, Sandi presenta una biografía de peregrinaje por parroquias de Cantabria, además de una etapa misionera en Cuba. En su primer destino sacerdotal en Herada de Soba y La Cistierna, atendió quince barrios de familias ganaderas que soportaban un hábitat pobre al carecer de servicios elementales. Dos años después, en 1966, el obispo Vicente Puchol -que fallecería en accidente de tráfico en 1968- le pidió que ejerciese de formador de seminaristas, tarea entonces desempeñada por Jesús Fernández (actual párroco de la Virgen Grande), desde su regreso de Roma. Sandi no se veía preparado para esta tarea, pero el obispo le prometió su apoyo y todas las semanas compartían reflexiones. Puchol impulsó en la diócesis los aires renovadores del Concilio. Tolerante y abierto, Sandi recuerda que un tanto temeroso le pidió autorización para desplazarse en su Montesa sin sotana, que era un estorbo. El obispo contestó que “eso ni se plantea”.
En la transición de Cirarda -con los primeros encontronazos con el régimen por detenciones de líderes obreros de la HOAC- a Juan Antonio del Val, fue enviado un año a la parroquia de las Reparadoras, de Santander, destino al que siguieron cuatro años de director del secretariado diocesano de catequesis y uno de vicario de enseñanza. Fue entonces cuando Pedro Sandi solicitó un alto en su camino sacerdotal en el que reciclarse, etapa de oración y estudio en la que convivió en la pobreza con curas obreros en Lyón. Allí renació como sacerdote, viviendo la secularización de la sociedad francesa que contrastaba fuertemente con el nacional-catolicismo imperante en España.
Después de pasar tres años en Castro Urdiales y los catorce de la Asunción -que coincidieron en su final con el encierro en Sniace, en cuyo interior ofició alguna misa- recaló hasta 1996 en Campuzano, la “pequeña Rusia”, que años antes, en pleno franquismo, sus vecinos vivieron el encarcelamiento -por actuar contra un desahucio- de su párroco Carlos Martín Castañeda. Y a instancias del obispo Vilaplana, de Campuzano pasó a tareas pastorales más tranquilas en Puente Avíos, Ongayo, Hinojedo y Cortiguera, donde permaneció tres años.
En 1998 murió su madre, Teresa Pérez Mier, con la que vivió y cuidó en sus años de enfermedad. Apenas un mes después, Jesús Garmilla, sacerdote cubano y diocesano de Santander, le propuso ejercer el sacerdocio en Sancti Spíritus (Cuba), dada la escasez de sacerdotes (diez veces menos que en el resto de países de Latinoamérica). Sandi no lo dudó como compromiso valeroso de fe. Durante su permanencia en la isla, fue consciente de que el castrismo vigilaba sus homilías, pero las alternativas eran muy limitadas. Si criticaba al régimen, su salida del país sería cuestión de horas, como había sucedido con otros religiosos. Entendió hacer algo más provechoso: compartir las penas y necesidades con los cubanos que se acercaban a la iglesia, proporcionándoles medicamentos y alimentos en un tiempo en los que día a día tenía que ganarse el arroz. Abandonó Cuba tras un grave accidente de coche, que le mantuvo dos años en rehabilitación.
Ya recuperado asumió la parroquia de Cartes donde apenas permaneció dos años, para terminar en la Virgen Grande como sacerdote de apoyo en el equipo de Jesús Fernández, labores que cumple con humildad y entre las que destacan sus homilías trabajadas con rigor intelectual y cristiano e impregnadas de amor a su vocación y misión, una forma de vivir en lo que ama y quiere como objetivo supremo de su existencia.
Para Pedro Sandi, este 29 de marzo representa una jornada evocadora de su peregrinaje como sacerdote de la iglesia católica con cincuenta años de ejercicio, en el que ha vivido el nacional-catolicismo, la vida en la pobreza, la persecución de los oprimidos, la esperanza del Vaticano II, la secularización galopante y el florecimiento que espera y desea para la iglesia con el papa Francisco.
* Escritor. Doctor en Periodismo.


