Las recientes declaraciones de Benjamin Netanyahu acusando a España de librar una “guerra diplomática” contra Israel, sumadas a las presiones que llegan desde el entorno de Donald Trump, vuelven a poner sobre la mesa un debate que muchos intentan evitar: ¿quién defiende realmente los intereses de España?
Porque aquí no estamos ante un dilema entre bloques, ni ante un debate simplista entre buenos y malos. Estamos ante algo mucho más serio: la soberanía nacional.
España no puede aceptar amenazas, vengan de donde vengan. Ni de potencias hostiles ni de países aliados. La lealtad internacional no puede convertirse en sumisión automática, ni en un cheque en blanco para respaldar decisiones que pueden perjudicar directamente a nuestra nación.
Conviene además recordar una realidad que muchos prefieren ignorar: Israel mantiene relaciones estratégicas con Marruecos, un país que lleva años ejerciendo presión sobre Ceuta y Melilla. Y llegado el momento, más nos vale preguntarnos si la OTAN respondería con la contundencia que algunos dan por garantizada. La política internacional no se basa en deseos, sino en intereses.
Defender esto no es “antisionismo”. Es, simplemente, patriotismo.
Y sin embargo, el debate en España ha sido secuestrado. Por un lado, el Gobierno de Pedro Sánchez, que utiliza la política exterior como herramienta propagandística, oscilando entre gestos ideológicos y bandazos sin rumbo. Por otro, una parte de la derecha que, en su obsesión por atacar a VOX, ha caído en una contradicción aún más grave: comprar el marco del sanchismo.
Señalan a VOX, repiten etiquetas como “antisionismo” y acaban, de facto, blanqueando el discurso del Gobierno. Una incoherencia absoluta. No se puede denunciar a Sánchez mientras se asumen sus argumentos cuando conviene.
A esto se suma el papel de ciertos lobbys en España que, lejos de favorecer una relación equilibrada o positiva con Israel, contribuyen a enrarecer el clima, polarizar el debate y generar rechazo social. No hacen ningún favor ni a España ni tampoco a Israel.
Frente a esto, en Europa ya hay ejemplos de otra forma de actuar. Líderes como Marine Le Pen o Giorgia Meloni han demostrado que se puede ser firme en la defensa de Occidente sin renunciar a la independencia nacional, marcando distancias cuando sus intereses así lo exigen.
Ese es el camino que debería seguir España.
Y ahí es donde VOX tiene una oportunidad clara: liderar una posición que combine firmeza, realismo y patriotismo. Defensa de nuestras alianzas, sí. Pero siempre subordinadas a un principio irrenunciable: España no se somete a nadie.
Ni seguidismo a Sánchez.
Ni sumisión a intereses extranjeros.
Ni guerras ajenas.
España primero. Siempre.




