Hay tragedias que dejan al descubierto algo más que fallos, errores o desgracias inevitables. Dejan al descubierto a quienes llevan años dando lecciones morales y hoy piden silencio. El accidente de Adamuz, con 40 personas fallecidas, ha vuelto a sacar a relucir la peor cara de la izquierda: la del doble rasero.
Los mismos que ahora exigen “no politizar el dolor” fueron los primeros en hacerlo cuando la tragedia les era útil. Ocurrió con la DANA, donde murieron cuatro personas, y donde no tardaron ni minutos en señalar a Carlos Mazón como culpable político. Curiosamente, ninguno de esos acusadores tuvo el más mínimo interés en mirar hacia arriba, hacia Pedro Sánchez, cuya responsabilidad estructural y decisiones previas quedaron fuera del debate. No por respeto a las víctimas, sino por puro interés partidista.
La izquierda tiene un largo historial en esto. Lo hizo con el Prestige, convirtiendo una catástrofe ambiental en un eslogan permanente. Lo hizo con la crisis del ébola, llegando al extremo de utilizar al perro Excalibur como bandera ideológica. Siempre la misma fórmula: emoción, simplificación y culpables seleccionados. Nada nuevo.
Por eso resulta especialmente cínico escuchar ahora llamamientos a la contención. Porque, además, sí están politizando Adamuz. Basta ver cómo se ha enviado a María Jesús Montero, candidata a la presidencia de Andalucía, a un escenario en el que no tiene ninguna función real. No gestiona la emergencia, no toma decisiones técnicas, no aporta soluciones. Está allí por la foto, por el gesto, por el cálculo electoral. Eso también es politizar, aunque se disfrace de sensibilidad.
En este contexto, VOX dice lo que otros no se atreven a decir. Puede sonar duro, incluso incómodo, pero es claro: las víctimas merecen respeto, verdad y responsabilidades, no visitas de campaña ni lágrimas ensayadas. Mientras unos hablan sin rodeos, el resto de partidos mide encuestas, calibra impactos y actúa como si el dolor fuera un recurso más de la estrategia política.
El problema no es pedir respeto. El problema es exigirlo solo cuando conviene. Porque cuando el dolor se usa a conveniencia, deja de ser respeto y pasa a ser hipocresía. Y eso, por mucho que se maquille, la gente lo ve.


